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lunes, 2 de abril de 2012

Estética, Técnica y política: una mirada a las prácticas y representaciones de lucha


Estética,  Técnica  y política: una mirada a las prácticas y representaciones de lucha

Jorge Betez Saavedra73

¿Por qué no una revolución?


Los rgenes de lo que es discutible o no, de lo que debe considerarse un problema trico o una urgencia potica ante la cual hay que tomar posición, están ya delimitados casi cartográficamente por la opinión blica y por las ciencias sociales financiadas por los Estados. El tribunal de las modas tricas jubiló por anticipado al marxismo, a los marxistas y a todas las ideologías críticas de la sociedad que aspiran a una transformación radical. Obviamente, para el espíritu pequeño-burgués no todo lo superado debe ser guillotinado por las reconstrucciones historiográficas triunfantes: Hasta de los s oscuros tropiezos se puede rescatar una enseñanza cultural, incluso de experiencias como la soviética y, a menor escala, la chilena. Por ello, el imaginario de la voluntad revolucionariasiempre puede ser llevado al ridículo por la nostalgia moderna, y es perfectamente susceptible de ser reciclado como mero Folklore nacional, como daguerrotipo de una época o como etapa genética del desarrollo vital.
Pero  más  allá  de  las  formas  en  que  puede  o  no  salir  a  flote,  los  contenidos  y
conceptualizaciones que aspiran a una revolución social han perdido vigencia frente a temas como el multiculturalismo, el desempleo o las oportunidades para el desarrollo de los proyectos subjetivos; como si entre éstos no existiera compatibilidad posible que autorizara preguntarse: y si a  lo  mejor  esto  hay  que  cambiarlo  de  raíz.  Pienso  que  esta  baja  dada  a  los  proyectos emancipatorios obedece tanto a los enclaves de poder que mantienen el status quo, como a las mismas  conciencias testarudas  que  iluminan  los  pequeños rincones  de  subversión.  En  este sentido, postulo que existen dos frentes importantes que han dejado fuera de temporada a la crítica dura de la izquierda revolucionaria:
Por un lado, para la nueva orientación burocrática el fracaso de los socialismos del siglo XX es una instancia empírica refutadora, una evidencia de que el marxismo es insostenible, es el ejemplo más demostrativo de la facticidad objetiva imponiéndose sobre el idealismo especulativo. El  argumento  está  puesto  entonces  en  la  posibilidad  real  del  marxismo.  Por  otro  lado,  se argumenta que el socialismo conducido por la Unión Soviética es el resultado de la prepotencia del racionalismo puesta al servicio de entidades abstractas como el Pueblo, el Espíritu o la Dialéctica histórica. Muchos hay aquí, que ven en el marxismo una nueva versión de los dispositivos clásicos de control que niegan la expresión del sujeto, que reducen la libertad a una categoría económica y que cosifican fuertemente la vida a través del centralismo de Estado. El argumento está puesto aquí en la ética marxista, entendida como una nueva forma de maquinaria institucional coercitiva.
En el fondo del asunto, nos hallamos ante dos maneras contrapuestas de entender lo potico”.La primera hace alusión a una noción técnica, es decir, está orientada a entender el “cómo se hace”, cómo funcionan” los mecanismos del poder para intervenir sobre problemáticas contingenciales. Decir que el marxismo es insostenible, es decir que su realización no tiene en cuenta las leyes que rigen la potica y el ejercicio del poder. Es esa potica protocolar, parlamentaria, que aca lo bajo los rgenes institucionales y que utiliza las herramientas que sean necesarias para cumplir eficazmente con la especificidad de sus fines.
La segunda se refiere, en cambio, a un problema ético-estético, que en oposición a la gran maquinaria potica defiende la expresión del individuo, su derecho a la indeterminación y al ejercicio de su voluntad. Acudimos entonces a una pretensión de acción potica que se reduce a su pura manifestación, a una inefabilidad visceral fácilmente manipulada por un poder burocrático que ha tecnificado lo político. La lucha por la emancipación se piensa en la postmodernidad como si el problema fuera entre la razón autoritaria de las instituciones y la inconmensurable pasión creativa del sujeto; o bien, entre la forma y el simbolismo flexible por un lado, y el inmovilismo objetivante del contenido por otro. Y es más, se piensa como si el asunto fuese entre modernidad y post-modernidad, como colisión de dos conciencias históricas distintas.
La pregunta que gira entonces en torno a las deliberaciones anteriores es la siguiente: ¿Se puede considerar esta propuesta estética o la pretensión técnica como proposiciones letimamente poticas? Y más importante n, ¿Qué combinaciones, divergencias, solapamientos o dislocaciones


73 Estudiante de psicología. Universidad Santiago de Chile.

se pueden dar entre una dimensión estética y una dimensión técnica en cuanto a las representaciones y formas de lucha por la transformación social? Este trabajo pretende fijar un emplazamiento más claro para esta dificultad y posicionarse críticamente con respecto a ella.
Para este efecto, se desarrollarán las siguientes líneas argumentativas: 1) una revisión al cientificismo moderno y al interés técnico 2) la idea de modernidad como cuna filosófica del esteticismo 3) un desplazamiento analógico desde la oposición estética/técnica a la discusión que surge entre realismo e idealismo potico 4) una propuesta de acción potica radical, más allá de lo meramente técnico y de lo meramente estético.

La modernidad como técnica
La revolución industrial representa una nueva forma de producción, no lo de bienes económicos sino también de la vida misma. Pero su genealogía responde a una nueva forma de conocimiento, a una nueva forma de conducirse frente a la naturaleza. Se puede decir que el paralelo epistemológico a la revolución industrial es la revolución copernicana de las ciencias (Zubiri, 1994). Estamos hablando entonces de los orígenes de la ciencia moderna, precursada por Galileo, Bacon y Newton, y basada en el todo hipotético deductivo como forma de preguntar a la naturaleza y de hacerla responder.
Así, la manera de acercarse a la realidad que comienza a fraguarse a finales del siglo XVI es
cualitativamente distinta a la visión animista del mundo antiguo y medieval. En lugar del ensayo y error, la contemplación y las vicisitudes inexorables que plantean los dioses y los oráculos; la ciencia manipula la realidad, extrae de la observación sistemática de los hechos particulares leyes universales que relacionan causas con efectos específicos.
La ciencia moderna concibe al conocimiento como separado de lo moral, se centra en la movilización de medios concretos para alcanzar fines concretos, liberando la realidad de su carga espiritual, reduciéndola a cosa. Todas estas características son las que se ven envueltas en el concepto de técnica.
Lo técnico es una noción que tiene una acepción etimológica clara: viene de Tékhne,
concepto que podemos rastrear con detalle en Aristóteles y que significa saber hacer. La técnica es por tanto un saber, y como tal cumple con las condiciones de necesidad y universalidad. En un sentido filosófico, Tékhne se opone a Telos. Ambas entrañan dos maneras distintas de aproximarse al fenómeno: Telos refiere a la causa última de las cosas, o dicho en otras palabras, la causa formal; Tékhne en cambio hace alusión a la causa menica o causa eficiente, responde al cómo s que al por qué.
La pretensión del saber como Tékhne llega a su estado de realización con la emergencia de
la subjetividad moderna. Acudimos entonces a la tecnificación de la realidad, donde la razón instrumental ha echado a andar una gran maquinaria destinada a dominar la naturaleza, pero en donde la subjetividad se ve a sí misma como dominada por su propia creación. La relación sujeto/máquina viene a inaugurar la negación y la reificación de la persona. Altísimas cuotas de enajenación es el precio por la prepotencia del utilitarismo moderno. En esta perspectiva se perfila la crítica postmoderna y es en donde una propuesta estética cobra sentido. Por el momento tengamos presentes los puntos fundamentales que subyacen a la idea de ciencia como saber técnico: a) la idea de que lo universal (las leyes de la naturaleza) puede obtenerse a través de lo singular (inducción, colección de hechos particulares), y b) la idea de que hay una exterioridad al sujeto: La naturaleza (sobre la cual hay que operar).

Kant: La modernidad como estética.
Como dijimos anteriormente, lo que se ha llamado modernidad no es algo completamente unitario sino una construcción que presenta conflictividad interna. El malestar de la técnica de un mundo meramente mecanizado, arraigado en la urgencia de lo inmediato y en el utilitarismo hedonista – es ya intuido por la filosofía kantiana, la cual impone a la razón una condición constitutiva de moralidad.
Kant señala que la realidad no es experimentable de manera inmediata, como es en sí, sino que está mediada por las estructuras de la sensibilidad y del entendimiento que pone el sujeto. No obstante, lo que el sujeto pone en su actividad es el formato, no el contenido.
Lo absoluto, lo universal, el alma, lo trascendente, serían entes que no pueden ser experimentados ni comprendidos, caerían en un escenario ontológico inefable para el sujeto. Sin embargo, Kant se rehúsa a pensar que el alma no posea una orientación moral que le de sentido y

recurre a la razón práctica como escapatoria para fundar una experiencia (no empírica) de lo trascendente.
Especificando el asunto, es el deber en donde el sujeto accede a lo en sí indeterminado, un deber que es un fin en sí mismo, que no tiene contenido y que debe cumplirse lo por ser deber. La moralidad Kantiana es una filosofía formalizante, constituye un racionalismo que no tiene como horizonte de la humanidad un interés técnico de control sobre la naturaleza, sino el Bien moral. Es por tanto un idealismo ético.
No perdamos de vista lo siguiente: lo que constituye a la tradición Kantiana de la modernidad en una sustancia estética no es la belleza como la entendemos, sino su carácter formal, el hecho de reducir toda acción práctica a un problema de formas.

La Postmodernidad como modernidad.
Tal como la esencia de la técnica es la asociación entre causas y efectos, la esencia de lo estético es la asociación entre forma y expresión.
Esta actitud estética es el resultado de una intrincada lectura romanticista de Kant, masticada por Fichte y Schelling, pasando por el existencialismo, por Heidegger, Nietzsche, rumoreada por el post-modernismo y por todas sus falanges post-estructuralistas.
El  postmodernismo,  como  actitud  estética,  desacredita  enérgicamente  la  razón  como
mediadora entre el sujeto y lo real. La acción determinista y objetivante de la razón y del lenguaje no lo filtran una naturaleza indeterminada y dinámica, sino que la ocultan y la petrifican. La institución del logos y sus dispositivos de control significados, contenidos, técnicas- pondrían un límite al Ser y también a las numerosas posibilidades y  pliegues que puedan ocurrirle a la experiencia, al sentimiento, a la expresión.
El hecho estético es justamente la experiencia de este mite, de la imposibilidad de acceder
a lo real, de decir lo indecible. La escisión -trazada por la ilustración, por Kant, por el cristianismo y por el sentido común- entre el hombre y lo absoluto, es lo que tiene a la modernidad desesperada de sí misma; y eso es lo post-moderno. Como escribe Rojas (2008): La estética rontica es expresión, festejo por la emancipación del sujeto con respecto a la prepotencia de la institucionalidad fáctica,  pero sobretodo es  impotencia por  la  poca densidad de  sus  propias representaciones y la incapacidad de atribuir un coeficiente de trascendencia”.
Hay algo en la experiencia del sujeto que está fuera del sujeto, algo que queda como inmanencia y algo que se intuye como inmanencia, algo conocido que se derriba y algo misterioso que está por advenir. La acción estética es una campaña épica, que se vincula doblemente al triunfo y la fatalidad. El idealismo ético Kantiano es también el idealismo estético que conduce a la resistencia post-moderna, llevando en su bandera la figura heroica de un estoicismo infatigable. En la creatividad del hombre, en cada acción singular, se está ante la ilusión de lo universal, y esa ilusión es la forma, es la expresión, es la pasión trágica del mundo. Como dice Rojas (2008): La postmodernidad aca como conciencia mítica de la modernidad, profetizando el advenimiento de un lugar fuera de la historia”.
Este sentimiento rehúsa ser encasillado, ser manipulado, quiere mantenerse puro, por ello
no quiere establecer contenidos ni especificaciones y prefiere lo difuso, lo ininteligible. El sujeto quiere cultivarse a sí mismo, hacer de su vida una obra de arte
Las críticas a esta visión no se hacen esperar, es razonable pensar que en el esteticismo moderno el simbolismo termina por perder todo efecto de realidad que lo haga habitable históricamente. El mundo pierde entonces por un momento su profundidad y amenaza con transformarse en una piel satinada, una ilusión estereoscópica, un tropel de igenes cinematográficas sin densidad.
La argumentación que subyace a estas prácticas es que al constituirse la voluntad como pura forma, se hace ininteligible y, por lo tanto, inasible para el poder burocrático. Sin embargo, tales consideraciones constituyen una falacia, ya que el poder burocrático puede dominar sin inteligir, o peor que eso, la ininteligibilidad intrínseca de las prácticas de resistencia hace que el sistema de dominación pueda inteligirlas como más le convenga.
Pero la críticas fundamentales al esteticismo y sus variantes como el idealismo ético y el cultivo personal – se pueden reducir en el hecho de que a pesar de representar el extremo que se opone a la técnica, no supera sus características más esenciales y reaccionarias, a saber: a) que hay algo exterior al hombre y a su historia b) que lo universal puede obtenerse en lo singular (ya sea en leyes naturales o en formas expresivas). Estas críticas contiene en sí mismas un contenido sugerente con, y que es la posibilidad de proponer prácticas y representaciones de lucha que superen la modernidad.

Realismo potico como expresión de la técnica moderna
Desps de esta contextualización filosófica podemos recién comenzar a abordar el asunto. Lo que aquí convoca y lo que primeramente tiene relevancia para nosotros es un problema potico.
¿Cómo se manifiesta la pretensión técnica y la pretensión estética en las dinámicas de poder, tanto en las prácticas de dominación como en las de crítica social?
No se trata de que los sujetos y sus acciones poticas estén guiados por principios y modelos filosóficos. El supuesto que aquí se tiene es que los sistemas filosóficos constituyen la expresión de una lógica histórica, que afecta tanto al pensamiento académico como a las formas de representar la realidad y de actuar sobre ella.
Cuando hablamos de que lo potico es un saber hacer, que requiere cierta experticia para movilizar los medios adecuados en función fines específicos como la estabilidad económica, la unidad de la nación, la paz social, la eliminación de la pobreza o de la delincuencia; entonces estamos ante una visión técnica de la potica.
Existiría en lo social un determinado funcionamiento regulado por leyes universales, cuyo conocimiento ayudaría al sujeto a operar eficientemente sobre los asuntos poticos. Acudimos a la emergencia de una determinada conciencia histórica en la que la sociedad se piensa a sí misma como naturaleza, y donde el sujeto se encuentra ante la disyuntiva de elucubrarse como administrador experto y dominador de la maquinaria potica, o ser simplemente arrastrado por la puesta en marcha de la institucionalidad.
La potica es, en este sentido, un problema objetivo. La expresión trica que se ha encargado de defender esta noción es la Realpolitik (Realismo potico), representada en lo trico por  Benedetto Croce y  Mosca, inspirada en Maquiavelo y  encarnada de manera efectiva por potentes figuras como Bismarck y Napoln.
Croce argumenta en su filosofía del Derecho, que el Estado no es una entidad moral y que el
potico debe operar de tal forma de imponer la unidad por sobre las apetencias y los intereses individuales. La potica deviene administración, táctica, discursos que acan como mera legitimación, como estrategia para asegurar la sobrevivencia de la civilización, requiere ensuciarse las manos si es necesario, después de todo el fin justifica los medios. En una noción técnica, lo que opera es la ética maquiavélica, que antepone la eficacia por sobre cualquier intento de beatitud.
El realismo potico se pregunta por el cómo funciona, busca sistematizar una lógica de gestión
sobre lo social, por ello sus concepciones siempre han girado sobre el papel del Estado, el Estado como aparato, como instrumento para la consecución de fines prácticos.
Para la potica realista, lo fundamental reposa sobre el concepto de Gobernamentalidad,
como parte de una lógica de intervención y control del Estado sobre el individuo a través de las tácticas jurídicas, los discursos, el saber y s concretamente a través de las poticas públicas. La potica pública es el paradigma del progresismo neo-keynesiano y corresponde a una lógica de planificación diseñada por un saber técnico, especializado en la problemática social, que contiene un programa basado en una intervención, un presupuesto, y resultados derivados de indicadores objetivos y cuantificables. La potica blica es, primero, una reducción de los problemas sociales a cifra; y segundo, despoja a la ciudadanía de la capacidad de intervenir sobre su propia realidad social.
Ahora bien, cuando el fin del saber hacer coincide con la transformación social, la técnica y los medios que brinda la institucionalidad son utilizados como instrumentos para el cambio. Sin embargo, el  hecho de  usar la institucionalidad como arma ha sido asociado íntimamente al reformismo, es decir, a la pretensión de mejorar las condiciones de vida de los sujetos sin abolir los marcos burocráticos generales que rigen la globalidad social. De esta forma, las tácticas electorales de los partidos más progresistas o los intentos de ampliar las instancias democráticas son, para los que se dicen radicales, iniciativas superficiales, reaccionarias y meramente contingenciales de las que hay que distanciarse.

El idealismo potico como expresión del esteticismo moderno
La visión técnica de la potica, ha derivado en que se utilice justamente la palabra potica para designar el conjunto de procedimientos burocráticos que constituyen la maquinaria Estatal. Debido a esto existe una desconfianza generalizada hacia lo potico y hacia cualquier práctica institucional porque se confunde institución con burocracia. Por lo tanto, el formalismo estético con su intensidad emotiva se elucubra como la exterioridad en que es posible desplegar la libertad Como señala Rojas (2006), el Esteticismo se cumple críticamente de dos maneras: En la estética colectiva y en la estética de vida. La estética de vida es una construcción romántica de la propia

existencia marcada por la tendencia a concebir la biografía personal como expresión de la voluntad individual  puesta  en  juego  en  cada  acto.  Su  ética  es  el  coraje  de  enfrentar  siempre  a  los dispositivos de control, de oponerse siempre a la norma, experimentar en cada desafío el placer de la virtud, sin dejarse aprehender por la cosificación que la racionalización del sistema social impone.
La estética del malestar la describe como un intento de acción colectiva, una moción difusa que no tiene una intencionalidad clara o uniforme, o si la tiene ésta no es lo fundamental, sino que es la manifestación misma lo primordial, la forma de expresión colectiva, de autoafirmación en el espacio público, de hacerse visible como sujeto, como voluntad general de descontento, como visceralidad que lleva en su grito una exigencia ilimitada, inaudible (Rojas, 2006). La estética del malestar actuaría como realidad formal, ya que se tomas las calles, como símbolo del espacio público, congrega masas, como símbolo de Espíritu del pueblo (Volkgeist). Pero si carece de contenidos, de programa y horizonte histórico, nos encontramos ante una acción colectiva meramente formal, desustancializada, que adquiere la categoría de evento y donde la subjetividad quiere hacerse simplemente presente, visible para los ojos del poder. La práctica de lucha así entendida - o concebida como pura resistencia se convierte en una puesta en escena, en una performance que pierde su carácter potico y obra solo como espectáculo, fracasando en su pretensión de querer reacatar la pureza romántica de los hechos sociales. Es el resultado de entender al pueblo como literalmente la masa.
Pero    ocurre    que   incluso    las   subjetividades    que   se    posicionan    con   un    sentido declaradamente potico, y no lo eso, sino que se piensan a sí mismas como subjetividades revolucionarias; son susceptibles de convertirse realmente en contra de su propia conciencia en cultivos meramente formales, que recrean la lógica de la estética de vida y la estética del malestar. Stowasser (1986) le adjudica esta vanidad estética a doctrinas derivadas del anarco-purismo y anarco-individualismo. Éste último es una reconstrucción norteamericana del anarquismo que está s ligada a la tradición liberal y condimentada por una lectura anglo de Nietzsche. El Ethos de los anarco-individualistas se centra en la práctica particular, en la negación de la vida privada a la Ley civil como reafirmación constante del Derecho Natural Rousseoniano.
El caso del Purismo se perfila como una conciencia más potica y más social. Su horizonte
es la revolución y la disolución del Estado y las formas de explotación y dominación. Sin embargo, la ansiada revolución social carece de contenidos concretos, de referentes posibles según las condiciones materiales existentes. Es por eso que representan sus ideales a través de metáforas que confunden con los ideales mismos. Es un fenómeno atravesado por el esteticismo moderno que no lo afecta al post-estructuralismo y al anarquismo sino también a algunas ramas consejistas del ultra-izquierdismo marxista.
Efectivamente, y como escribe Stowasser (1986): Las vanguardias revolucionarias, jactándose de su conciencia de clase, guardan profundos romanticismos que obstaculizan que sus iniciativas conduzcan a una transformación sustantiva. Creen en la insurrección, en la acción directa, como si fuera la revolución misma”.
El imaginario purista espera que literalmente los trabajadores y los oprimidos tomen las armas y
asalten la casa de gobierno. Mantienen el imaginario heroico de la toma del palacio de invierno como su referente de lo que es vivir la revolución, como si la emancipación social fuera un episodio y no un proceso formativo de relaciones sociales, culturales y de producción.
El esteticismo de izquierda se ha visto impotente porque antepone las metáforas, las formas míticas y las retóricas a la posible eficacia de sus prácticas. El horizonte de emancipación pasa a un segundo plano con respecto a la expresión estética y extática que contienen sus rituales.  Hay en  ello  un  idealismo  ético  Kantiano  que  impone  principios  categóricos:  No  al  burocratismo partidario ni sindical, no a la democracia representativa, no a las luchas reivindicativas, no al reformismo, sí  a  la  acción  directa,  sí  a  la  violencia armada.  Es  una  ética  que  refuerza  un virtuosismo descontextualizado, una aspiración de que en el evento singular se pueda encontrar la revolución pura  de  la  sociedad,  sin  la  mediación de  un  programa,  sin  la  mediación de  las instituciones, sin la mediación de las condiciones materiales que rigen la globalidad social más allá de la retórica decimonónica.

Hacia una agenda potica propiamente emancipadora
Ya hemos esbozado aquí algunas críticas tanto a la concepción de la potica como un problema técnico, como a la concepción estética de la misma. Ambas crean la ilusión de que existiría  en  los  procesos  sociales  una  exterioridad  al  sujeto,  son  inclinaciones  que  quieren

encontrar la pureza de lo universal a través de lo singular, ya sea en la inducción de hechos fácticos o en el relato mítico de acciones éticas. Ambas son también una fiel decantación de la mentalidad moderna, cuya consecuencia sería la conciencia de que existirían enclaves que se ubicarían fuera de la historia: de una parte habrían ciertas leyes objetivas que regularían lo social, y de otra habría un espacio mitificado que sería exterior a las lógicas institucionales. Por ambas partes llegamos al mismo resultado, y es que es imposible pensar en una inmanencia absoluta de los procesos sociales.
¿Qué posición potica tomar entre un realismo técnico reformista, por una parte, y un esteticismo revolucionario pero infructuoso, por otro?   Lo que hay que aclarar es que la pregunta está mal planteada y representa una falacia por dos razones:
a) El realismo y el idealismo no son posiciones poticas, son actitudes y momentos que puede asumir indistintamente cualquier posicionamiento potico. En un cierto sentido, corresponden tan lo a un determinado proceso cognitivo que tiene que ver con creer que la esperanza de una sociedad mejor es una especulación que no tiene nada que ver con la realidad, o por el contrario, creer que es la realidad la que se equivoca y son los ideales los que se mantienen impunes. Lo potico como técnica es justamente un acto de negación de lo potico y de la condición ética de los sujetos y las instituciones. La concepción estética tiene una dimensión ética pero su negación de lo potico está en que justamente carece de una orientación táctica que le permita realizar sus utopías. Este esteticismo conduce un ritualismo inmovilista que se queda en el lamento de la derrota o en el relato mitológico de hazañas pasadas, despreciando la contingencia y la urgencia de la acción.
El asunto no es que no sea válido tomar una de las dos actitudes en un determinado momento, sino que no constituyen en sí mismo una posición potica. No se puede decir yo soy realista o idealista de la misma manera en que uno dice yo soy marxista o soy liberal.
Tanto el marxismo, como el republicanismo o el liberalismo tienen sus momentos realistas e idealistas, la solución al problema de qué actitud tomar se sitúa más bien en un término medio, o s bien, la condición histórica es la que da siempre la razón: ante un gran triunfo potico o cuando una ideología está en auge la expresión estética de la subjetividad es compatible con sus efectos, se puede reescribir la historia como una trayectoria épica que llega finalmente al paraíso mítico. En épocas de repliegue, en cambio, parece ser que prima la discusión acerca de los medios adecuados para alcanzar fines s contingentes e inmediatos, es necesario ensuciarse las manos.
b) De la misma forma, el realismo puro o el idealismo en sí mismo pueden tener un carácter reformista o revolucionario indistintamente. Lo que determina finalmente esta categoría es siempre el proyecto potico y las posibilidades de éxito que puede tener en un determinado contexto material, histórico y cultural.
Esto hace que una pintura pueda ser un paso efectivo para el camino de la revolución, que una campaña militar para tomarse el palacio de moneda sea un acto meramente estético, o que por ejemplo, una iniciativa de autogestión municipal se transforme en un ejercicio puramente técnico, de administración urbana. El cooperativismo neoliberal puede ser un problema técnico, mientras que dentro de un programa federalista o marxista a gran escala puede ser perfectamente potico y revolucionario.
Se puede mantener un frente de lucha en las contingencias y las demandas reivindicativas sin que por ello se deje de ser revolucionario, lo importante, según Stowasser (1986), es su capacidad para generar redes con otras iniciativas que puedan constituir un poder global de conjunto para cambiar la sociedad.
El mismo autor da el ilustrativo ejemplo de la revolución española: Es realmente asombroso que
tan pocos anarquistas comprendan que la revolución española no comenzó en 1936, sino cuarenta años antes ¿Qué hacía la CNT durante todos estos años? No solamente aquellos intentos heroicos y bien conocidos de huelgas generales, revueltas, insurrecciones y expropiaciones, sino también y al mismo tiempo, una serie de cosas reformistas como instalar sindicatos, fundar escuelas y economatos,  cooperativas  obreras  y  agrarias,  talleres,  fundaron  revistas,  lucharon  por  pan, trabajo, mejores sueldos, reducción de horarios y mejores condiciones de vida”.
Por otra parte, la escisión entre realismo y esteticismo es falaz porque se conduce por una falsa dicotomía entre  sujeto  e  instituciones sociales.  Se  piensan como entidades contradictorias e irreconciliables, como si el problema fuera entre la formalidad emotiva del esteticismo y el burocratismo enajenador de la institución.
Esta dicotomía es lo que ha convertido a los intentos de lucha y de transformación social en
meras manifestaciones eventistas, poco articuladas y sin contenido. Para que la emancipación

tenga lugar es necesario que la voluntad y la expresión estética del sujeto colectivo encuentre una orgánica, una organización y diferenciación interna que le permita ponerse la revolución como máxima, pero apoyada al mismo tiempo en un programa y una agenda de acciones tanto técnicas como simbólicas que permitan producir la realidad de la revolución y no su sola metáfora.
Citando a Bookchin (1984): Si hay un fantasma que nos dé caza, son los que toman forma de ritualismo y de rigidez tan sumamente inflexible que uno cae en un rigor mortis bastante parecido al que cae el cuerpo congelado cuando alcanza la muerte eterna
Por lo tanto, es necesario pensar al sujeto como una institución, que ha sido constituido por una totalidad histórica, y a la vez pensar en la institución como un sujeto, como una voluntad general que tiene intereses determinados, con una agenda estratégica de objetivos a corto, mediano y largo plazo e inserto en una red de redes que hagan posible la transformación, eso es lo realmente revolucionario. Después de todo, la historia de un pueblo es también la historia de sus instituciones. No se trata aquí de establecer una Carta Gantt o un cronograma del camino a la revolución a cierta cantidad de años plazo, se trata de tener creatividad para inventar tácticas efectivas, de re-problematizar los pasos a seguir en cada momento, aquello también es un arte. Para esto no tengo otra palabra que un pragmatismo soñador.


Referencias

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