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jueves, 19 de abril de 2012

LA “INEVITABILIDAD DEL CAPITAL GLOBALIZADO” CONTRA LA “PRUEBA DE LA INDETERMINABILIDAD”: UNA CRÍTICA MARXISTA


LA “INEVITABILIDAD DEL CAPITAL GLOBALIZADO” CONTRA LA “PRUEBA DE LA INDETERMINABILIDAD”: UNA CRÍTICA MARXISTA

MIKE COLE
Comenzaré este  capítulo discutiendo el modo  en  que  la globaliza- ción y el capitalismo se presentan como  características de vida natu- rales,  inevitables  y permanentes del  siglo XXI. Luego,  examinaré el posmodernismo y el marxismo procurando establecer sus respectivos análisis del presente y sus “visiones” de futuro.

Mientras  que para los capitalistas y sus partidarios políticos  y aca- démicos  la globalización del  capital  resulta  indiscutible, para  los posmodernos nada  es cierto,  ni siquiera  decidible. Por ende,  ningún programa de acción,  ninguna sugerencia siquiera  acerca  del mundo futuro opuesta al capitalismo, es posible. En tal sentido, el posmoder- nismo resulta,  si bien a menudo sin intenciones, solidario  con las ne- cesidades  del  capital.  El marxismo, por  otra  parte,  ofrece  tanto  un análisis y una  crítica del capitalismo como una  visión de un nuevo or- den  mundial posible: el socialismo.
 
El capítulo concluye  con una  evaluación  de la contribución de la obra  de Peter  McLaren  a estos debates.  A pesar de su breve (y en mi consideración lamentable) romance con el posmodernismo, sosten- dré que McLaren  es uno  de los académicos marxistas  más importan- tes del mundo dentro del campo  de la teoría  educativa,  que  ha de- sempeñado, y continúa haciéndolo, un papel  central en la lucha por un mundo justo y equitativo.
 
¿LA INEVITABILIDAD DEL CAPITAL GLOBALIZADO?
 
La “globalización”  se ha convertido en una  de las ortodoxias de los años noventa y continúa dominando el presente siglo XXI.1 Se la pro- clama  en los discursos  de prácticamente todos  los políticos  conven- cionales, en las páginas financieras de los diarios y en los informes de las empresas;  es moneda corriente en los boletines corporativos y en
 
1 El análisis que sigue está basado  en Cole (1998a) y (2005).
los encuentros de los empleados de ventas (Harman, 1996, p. 3). Su premisa  es que frente a la competencia global, los capitalistas  se ven obligados  a competir cada vez más en el mercado mundial. Su argu- mento es que,  en esta nueva  época,  los capitalistas  sólo pueden ha- cerlo en tanto  se conviertan en corporaciones multinacionales y ope- ren  a escala  mundial, fuera  de  los confines  de  los estados-nación. Esto, sostienen sus protagonistas, disminuye  la función del estado-na- ción, siguiéndose de ello que hay poco,  por no decir  nada,  que pue- da hacerse  al respecto.
 
En tanto  permanece abierto a discusión  hasta qué punto la globa- lización  representa una  nueva  época  (véase Cole 1998a, 2005), y es debatible en qué  grado  trasciende el estado-nación (véase Harman,
 
1996; Ascherson,  1997; Meiksins Wood, 1997; Cole, 1998a), a los mar- xistas les interesa particularmente el modo  en que se la utiliza ideo- lógicamente para  profundizar los intereses de  los capitalistas  y sus partidarios políticos  (para un  análisis, véase Cole, 
1998a), así como también el modo  en que se la utiliza para  desconcertar al pueblo en general y sofocar  la  acción  de  la  izquierda en  particular (véanse Murphy, 1995; Gibson-Graham, 1996; Harman, 1996; Meiksins Wood,
 
1997). Los capitalistas —y sus aliados— sostienen que en tanto  la glo- balización  es un hecho de la vida, corresponde a los trabajadores, da- do el mercado mundial globalizado, flexibilizar su actividad y su tiem- po  de  permanencia en  ella, aceptar salarios  más bajos y aceptar la reestructuración y disminución del  estado  de  bienestar.2  La adop- ción del neoliberalismo ha dado  un empuje significativo a la globali- zación, tanto  de facto como ideológicamente.
 
Promovida la globalización del  capital  como  un  hecho “inevita- ble”, se sigue de ello —necesariamente— la inevitabilidad del capita- lismo mismo. De hecho, también el capitalismo es saludado como un fenómeno natural y al mismo tiempo contiguo a la democracia y la li- bertad. El capitalismo se presenta a sí mismo como “si determinara el futuro con tanta  seguridad como las leyes de la naturaleza hacen que

2 Como explica Rikowski (2001a), debido a que otras áreas de ganancia resultan cada vez más riesgosas (por ejemplo, los negocios  virtuales en internet) y a la dismi- nución de las tasas de ganancia en las áreas tradicionales, el capital corporativo bus- ca expandirse en el sector  público.  Por otra  parte,  las naciones firmantes de la Or- ganización Mundial  de Comercio (OMC) y el Acuerdo  General sobre el Comercio de Servicios (AGCS) están comprometidas a abrir  los servicios públicos  al capital  corpo- rativo (p. 1). Esto supone un doble  ataque interrelacionado y una amenaza contra el concepto del “estado de bienestar”.

las mareas se levanten para guiar los botes” (McMurty, 2001, p. 2). El fetichismo de la vida, por medio  del cual las relaciones entre las cosas o mercancías adquieren una  cualidad mística, ocultando las verdade- ras relaciones (de explotación) entre los seres humanos, hace que el capitalismo parezca  natural y por  ende  inalterable. Los mecanismos del mercado se transforman así en una fuerza natural que no guarda relación alguna  con los deseos humanos (Callinicos, 2000, p. 125). El capitalismo es reverenciado:
como si hubiese sustituido al entorno natural. Se proclama a sí mismo por me- dio de sus líderes financieros y políticos como coextensión de la libertad, e in- dispensable para  la democracia, de modo  tal que  cualquier ataque contra la explotación o la hipocresía del capitalismo se convierte en un ataque contra la libertad mundial y la democracia misma (McLaren, 2000, p. 32).

La globalización, anunciada  como  un  fenómeno nuevo,  busca ponerle el último  clavo al ataúd  de cualquier posible  orden mun- dial distinto. Tiene  por  función ideológica la de mistificar lo que está ocurriendo. La tarea  más importante que  desempeña, al presentar el desarrollo capitalista como algo natural, es la de reforzar la falsa impre- sión de que no hay nada que pueda hacerse. El mensaje de la globaliza- ción es que el mundo de hoy es como es, y que es preciso tomar  cier- tas medidas  como resultado. Básicamente, es preciso  que los estados muestren su aquiescencia con los requisitos  del mercado global.3

Cualquier idea  de lucha  de los trabajadores, por  no hablar de la revolución socialista, es cuanto menos  “antigua” e inapropiada. Aquellos  que  continúan hablando de  derrocar al  capitalismo son prácticamente dinosaurios.4 Al mismo tiempo, se canaliza la energía

3 Irónicamente, la clase capitalista  y sus representantes que  solían  burlarse de lo que ellos consideraban la metafísica del “determinismo económico marxista” (los pro- cesos económicos determinan todo  lo demás,  incluso  la dirección futura  de la socie- dad) son hoy los campeones de la “revolución mundial del mercado” y la consecuen- te  inevitabilidad  de  la  “reestructuración  económica” (McMurtr y, 2000). Es preciso señalar  que algunos  de ellos sostienen que la globalización, si bien es inevitable,  pue- de ser atemperada. El primer ministro británico Tony Blair, por ejemplo, defiende el capital global como “una fuerza para el bien”. Para una crítica de esta posición,  véase Cole (2005).

4 Si bien el socialismo no es intuido hoy como una amenaza, tal no es el caso, des-

de luego, del fundamentalismo islámico, actualmente percibido como una verdadera amenaza, al menos  por el capitalismo occidental.

creativa  de la mayor parte  de la clase trabajadora para  evitar su con- frontación con las trayectorias globales  del capitalismo hacia propósi- tos culturales más seguros.  Los marxistas  se refieren a este fenómeno como la creación y cultivo de una falsa conciencia.5

El thatcherismo y la economía de Reagan  resultaron cruciales  no sólo para  sentar  los fundamentos de  la revolución neoliberal, sino también, en el caso particular de Thatcher, para desacreditar al socia- lismo. La caída de la Unión Soviética es utilizada  para apoyar la idea de la inviabilidad del socialismo.6

¿Dónde  podríamos entonces encontrar interpretaciones alterna- tivas de nuestro mundo en  este siglo XXI? En el resto  del presente capítulo, analizaré las contribuciones de los posmodernos, por un la- do, y de los marxistas,  por otro.

5 Las manifestaciones actuales  de la falsa conciencia están señaladas  por el desvío de la energía creativa de la clase trabajadora hacia  el alcohol  y las drogas,  los bares, los clubs, la música pop, los talk-show, el fútbol, las telenovelas, los juegos de video y el DVD. De un modo  significativo, la ITV, el canal comercial específicamente destinado a la clase trabajadora británica, preocupado por  el descenso  general del público  de noticias,  dedica  hoy más espacio  a las noticias  relacionadas con “el placer,  el consu- mo y las noticias  del mundo del espectáculo” (Wells, 2001, p. 1). Al mismo tiempo, el supremo tecnológico de nuestra era, internet, que tiene  una  enorme posibilidad de desempeñar un papel  significativo en la liberación de la clase trabajadora y que puede ser utilizada,  y a menudo lo es, de manera progresista, ha permitido también un desvío aún  más sinuoso.  En vez de ser utilizada  como  una  fuente de conocimien- to para  la liberación, suele utilizársela  para  ampliar  la distribución de trivialidades.  Y en otra faceta más siniestra,  comienza a ser utilizada  también como un lugar de opre- sión. Buen ejemplo de ello son los numerosos sitios que predican el odio racial y, en- tre  hombres mayormente, los dedicados a una  pornografía cada  vez más  violenta (Amis, 2001).

6 Esto fue austeramente reiterado por  el ministro de Relaciones  Exteriores britá-

nico Jack Straw en un artículo intitulado “Globalization is Good for Us” [La globaliza- ción nos conviene]: “Desde el colapso del bloque soviético, no existe ya una ideología coherente en oferta”  (The Guardian, 10 de septiembre, 2001). Vale la pena  recordar que los voceros del capitalismo (Margaret Thatcher y Ronald Reagan, entre otros) nos dijeron que este colapso traería aparejados la libertad y la democracia. Si es cierto que lo ha hecho, ha traído también consigo la falta de techo,  el desempleo, las mafias, las drogas  y la pornografía infantil.

EL POSMODERNISMO  Y  LA PRUEBA DE LA INDETERMINABILIDAD

Sin duda alguna,  el posmodernismo ofrece un antídoto contra la “na- turalidad”, la “inevitabilidad” y la “permanencia”. La posmoderna británica Elizabeth  Atkinson  define  al posmodernismo como:

•  La resistencia contra la certeza  y la resolución;
•  el rechazo de nociones inalterables de realidad, conocimiento o método;
•  la aceptación de la complejidad, falta de claridad y multiplici- dad;
•  el reconocimiento de la subjetividad,  la contradicción y la iro- nía;
•  la irreverencia por las tradiciones filosóficas y morales;
•  el intento deliberado de desbaratar los supuestos  y presuposi- ciones;
•  el rechazo a aceptar límites o jerarquías en los modos  de pen- sar, y
•  el desbaratamiento de las oposiciones binarias,  que definen las cosas en términos disyuntivos (2002, p. 74).

Criticando aquello   que  denomina el  “marxismo   economicista” (Lather, 2001, p. 187), la feminista  posmoderna Patti Lather afirma que  su intención es la de desafiar  “la voz masculinista de la abstrac- ción, la universalización y la posición  retórica ‘del que sabe’, esa que Ellsworth llama ‘la de Aquel que tiene  la Historia  correcta’” (p. 184). Para contrarrestar lo que ella considera la “insistencia  de los marxis- tas en la ‘historia correcta’”  (p. 184), propone “un pensamiento den- tro de la ‘prueba de la indeterminabilidad’ de Jacques Derrida”,  con “sus obligaciones a la apertura, el desplazamiento y la no-domina- ción”, donde “las cuestiones están  en movimiento constante y nadie puede definirlas, terminarlas, cerrarlas”  (p. 184). La posición  de De- rrida  (1992) es que  “una decisión  que  no pasara  la prueba de la in- determinabilidad no  sería  una  decisión   libre”  (citado en  Parrish,

2002, p. 1). Richard  Parrish  explica:

 

Cualquier afirmación —posición  discursiva— es una  afirmación universal que  para  ser universal  debe  re-fundarse continuamente a sí misma.  Cual- quier  posición,  incluso  la posición  de  que  las posiciones universales  son imposibles,  es una  afirmación universal  y es por  ende  considerada universalmente reiterable. Esta reiterabilidad universal niega en su estructura la le- gitimidad de los contraargumentos que  otros  presenten, negando así a los otros como fuentes  independientes de sentido (Parrish, 2002, p. 1).

 

Lather intenta vincular  a Derrida con  Marx  trayendo a nuestra atención que  en  su libro  Getting Smart ha  cerrado la sección  sobre “posmarxismo” con la profecía de Foucault  según la cual “resulta cla- ro, aun si uno admite  que Marx habrá  de desaparecer por ahora, que algún  día reaparecerá” (Foucault, citado  en Lather, 1991, p. 45). No obstante, ella rechaza  lo que considera, por parte de los marxistas, un “discurso de dominación, transparencia, racionalismo y el reposicio- namiento del marxismo económico como  el ‘discurso  maestro de la izquierda’”  (Lather, 2001, p. 187). Antes que una vuelta al materialis- mo histórico (la creencia de que el desarrollo de los bienes  materia- les necesarios para la existencia  humana es la fuerza primaria que de- termina la vida social),7 Lather se interesa por  una  “praxis de lo no tan seguro” (p. 184), “una praxis que exceda  la lógica binaria o dia- léctica” (p. 189). Esta “praxis posdialéctica” se centra en “el titubeo ontológico, conceptos de bajo peso ontológico, una  praxis sin suje- tos ni  objetos  garantizados, orientados  hacia  las aún  incompletas condiciones y potencialidades pensables de los ordenamientos da- dos” (p. 189).

En realidad, la adopción de una  “praxis” de ese tipo por parte  de Lather no  reposiciona el marxismo;  al contrario, lo abandona por completo. (Véase más adelante una  discusión  de la praxis dialéctica en el contexto de la Teoría  del Valor del Trabajo). Para Lather, nada es cierto  ni está decidido. Citando a Derrida, Lather asegura  que  la indeterminabilidad es “un recordatorio ético-político constante… de que la responsabilidad moral y política sólo puede ocurrir dentro del no  saber  y el no  estar  seguro”  (Lather, 2001, p. 187). Los esfuerzos académicos  de  Lather  son  informados  por   Alison  Jones  (1999), quien  concluye  “con  un  llamado  a una  ‘política  del  descontento’, una  práctica  ‘del fracaso, la pérdida, la confusión, el malestar  y la li- mitación frente a los grupos  étnicos  dominantes’” (Lather, 2001, p.

 

7 Como materialistas históricos,  los marxistas  analizan  la evolución  de la sociedad partiendo del comunismo primitivo,  pasando luego a la esclavitud y del feudalismo al capitalismo. Sólo en el capitalismo, sostienen, las fuerzas productivas de la sociedad son tales que el socialismo resulta  una alternativa viable. Sólo en ese momento es téc- nicamente posible  la noción de “a cada quien  de acuerdo a sus necesidades”.

 

 

191). Lather y Jones sostienen ser anticolonialistas al apoyar el deseo de los estudiantes maoríes  de disolver “los grupos  de discusión  basa- dos en la igualdad étnica” (p. 190).

Si bien  resulta  siempre  vital desafiar  el colonialismo y el racismo de los grupos  dominantes (véase Cole, 2003), no queda  en claro de qué  modo  la lista de políticas  y prácticas  negativas  de Jones (el des- contento, el fracaso,  la pérdida, la confusión, el malestar,  la limita- ción) pueda contribuir en esta lucha.  Además, en tanto  Lather cree que  “todo  el  conocimiento opositivo  termina viéndose  arrastrado dentro del orden contra el que  intenta rebelarse” (Lather, 1998, p.

493), resulta  difícil de advertir  el potencial progresivo  posible  de un anticolonialismo como  el que  ella y Jones sostienen, o incluso  en el proyecto  general de Lather. ¿Están estos estudiantes maoríes  predes- tinados  a ser arrastrados por  el orden dominante (el colonialismo)? Y mientras ¿es la indeterminabilidad todo  lo que  pueden ofrecerles los docentes posmodernos?  De hecho, lo único  que  Lather ofrece, por medio  de su conclusión, es la afirmación de que “hay fuerzas ac- tivas ya en el presente” y que habremos de “avanzar y experimentar la  promesa que  hoy  resulta  imprevisible   desde  la  perspectiva de nuestros marcos  conceptuales presentes” en la búsqueda de “un fu- turo  que debe  preservarse siempre  por venir” (Lather, 2001, p. 192).

Cualquier defensor de la injusticia  social estará  seguramente en- cantado de oír que Patti Lather, quien  como  tantos  otros de los pos- modernos contemporáneos a principios de los ochenta sostenía  que “el feminismo y el marxismo se necesitan el uno  al otro”  (Lather,

1984, p. 49) y que “la revolución está dentro de todos y cada uno  de nosotros y no  tardará en  producirse” (1984, p. 58), sostiene  hoy la contradictoria postura de que el futuro es un libro abierto, con cier- to potencial progresivo, y en el que  toda  oposición se ve arrastrada dentro del orden dominante. Esto no lleva al cambio social ni a la jus- ticia social, y es sintomático del modo  en que el posmodernismo ac- túa  hoy como  un  apoyo  ideológico del  capital  nacional y mundial (Cole y Hill, 1995, 2002; Cole, 2003, 2004a).

 

 

 

UNA VISIÓN ALTERNATIVA: DEFENSA DEL SOCIALISMO

 

En marcado contraste con los defensores y promotores del capitalis- mo globalizado, y ofreciendo el tipo de afirmación positiva acerca del

futuro negado por  los posmodernistas, Meiksins Wood ha afirmado que “la lección que podemos vernos obligados  a sacar de nuestra con- dición  económica y política  actual  es que  un  capitalismo humano,

‘social’, verdaderamente democrático y equitativo  es una utopía más irreal  que la del socialismo” (Meiksins Wood, 1995, p. 293).

La conciencia creciente de las difíciles situaciones que atraviesa la mayor parte  de la humanidad luego de los sucesos del 11 de septiem- bre de 2001, abre  cierto  espacio  para  plantear una  visión alternativa de socialismo. Al hacer una distinción de contraste respecto de los ar- gumentos de,  por  ejemplo, Thatcher y Straw, la izquierda sostiene que no es el socialismo el que se ha visto desacreditado, sino las dic- taduras  del este de Europa (y otras partes del mundo) que decían  ser socialistas.  Como  bien  dice  Callinicos  (2000), los marxistas  deben atravesar   el  estrafalario mecanismo ideológico dentro  del  cual cualquier alternativa concebible al mercado es considerada invia- ble debido a la caída  del estalinismo (p. 122) o del “socialismo de estado”  dictatorial antidemocrático.

Como  señala  Birchall  (2000), en la historia  moderna se han  pro- ducido sólo unas  pocas  revoluciones notables, demasiado pocas  co- mo para deducir de ellas cualquier principio absoluto. “Ningún  cien- tífico  que  mereciese ese  nombre basaría  una  ley científica  en  tan pocos experimentos” (p. 22). Según  señala,  “es posible  que  haga  gi- rar una  moneda y obtenga ‘cara’ cinco veces seguidas,  pero  eso difí- cilmente pruebe que  todas  las monedas caerán del  mismo  modo” (ibid.).

Analizando las revoluciones francesa  y rusa y la guerra civil españo- la, Birchall concluye que la única lección general que puede sacarse de ellas no es que la revolución conduzca a la tiranía, según  gustan  afir- mar los capitalistas y sus partidarios, sino más bien que es el hecho de no completar una  revolución el que  abre  camino  a la tiranía (2000, p. 22). Entonces ¿cuáles son las oportunidades de un orden mundial socialista  verdaderamente  democrático, como  el  que  imaginaba Mar x? ¿Acaso el  desarrollo del  capitalismo global  avanzado  ha descartado esta posibilidad? ¿Ha triunfado definitivamente el ca- pitalismo?

En realidad, el capitalismo es un asunto  bastante turbio. En él, las cosas rara vez fluyen sin problemas. De hecho, la trayectoria del uni- verso social del capital  lo obliga  a estrellarse continuamente  contra los límites  de su propia constitución y existencia. No obstante, este movimiento destructivo descansa  por completo en la capacidad laboral de los obreros, su fuerza de trabajo;  de allí que donde quiera  que esté el capital, también esté el trabajo,  “contribuyendo, encubriendo y nutriendo  su  desarrollo… deteniéndole  la  mano   mientras nos muerde” (Rikowski, 2001b, p. 11). El capital  no puede volverse “no capital”. “Sin embargo, el trabajo  puede convertirse en trabajo…  des- ligado de su forma actual de valor” (p. 11). El único  futuro viable pa- ra la clase trabajadora es el socialismo. “Un futuro con futuro, un fu- turo posible para nosotros basado en la implosión del universo social capitalista” (p. 11).

La teoría  del valor del trabajo  de Marx (TVT), por  ejemplo, expli- ca del modo  más conciso  posible  por  qué  el capitalismo es objetiva- mente un sistema de explotación, sean los explotados conscientes o no de ello, e incluso  sea este asunto  importante para  ellos o no. La TVT ofrece también una solución  a esta explotación, proponiendo así una praxis dialéctica,  una auténtica unión entre teoría  y práctica.

Según  la TVT, los intereses de los capitalistas  y los trabajadores son diametralmente opuestos, en tanto el beneficio de los primeros (las ga- nancias) es un  costo para  estos últimos  (Hickey, 2002, p. 168). Marx sostuvo que el trabajo  de los obreros está encarnado en los bienes que producen. Los capitalistas  se apropian de los productos terminados y finalmente los venden sacando  de ellos ganancias. No obstante, al tra- bajador se le paga  sólo una  fracción  del valor que  crea  con  su labor productiva; el salario no representa el valor total que crea. Se supone que se nos paga por cada segundo de trabajo.  Sin embargo, bajo esta apariencia, este fetichismo, el día laboral  (al igual que ocurre en situa- ción de servidumbre) se parte  en dos: el trabajo  socialmente necesario (y esto es lo que representa el salario) y el trabajo  excedente, trabajo que no se ve reflejado en el salario. Ese excedente es la base de la plus- valía, donde reside la ganancia del capitalista.  Mientras que el valor de las materias  primas y del desgaste de la maquinaria se transfiere de ma- nera  simple a la mercancía que se produce, la fuerza de trabajo  es una mercancía peculiar, única,  en  tanto  crea  nuevo  valor. “Esta cualidad mágica del valor de la fuerza de trabajo  resulta por ende  crítica para el capital” (Rikowski, 2001c, p. 11). “La fuerza de trabajo  crea más valor (ganancias) al consumirse del que ella encierra y cuesta” (Marx, 1966, p. 351). A diferencia, por  ejemplo, del valor de una  mercancía dada, que  sólo puede realizarse  en el mercado en sí misma, el trabajo  crea nuevo valor, un valor mayor que él mismo, un valor que antes no exis- tía. Es por este motivo que la fuerza de trabajo  resulta de fundamental importancia para el capitalista  en su búsqueda de acumulación del capital. Al capitalista o capitalistas (hoy día los capitalistas pueden, desde luego,  consistir  en un grupo  de accionistas,  por ejemplo, más que ser directamente propietario de  negocios) les interesa maximizar  la ga- nancia,  y esto supone (con el fin de crear la mayor cantidad posible de valor nuevo) mantener los salarios de los trabajadores tan bajos como sea “aceptable”  en cualquier país o periodo histórico dado, sin que lle- guen  a provocarse huelgas  u otras formas de resistencia. Por ende,  el modo  capitalista  de producción es, en esencia,  un sistema de explota- ción de una clase (la clase trabajadora) por otra (la clase capitalista).

Si bien  la lucha  de clases es endémica —e inerradicable y perpe- tua—  dentro del  sistema  capitalista,  no  siempre, ni siquiera  típica- mente, adopta la forma de un conflicto  abierto u hostilidad explícita (Hickey, 2002, p. 168). No obstante, por  fortuna para  la clase traba- jadora,  el capitalismo es proclive  a la inestabilidad cíclica, viéndose sujeto a periódicas crisis políticas  y económicas. En tales momentos, existe  la posibilidad de  la revolución socialista.  La revolución sólo puede producirse cuando la clase trabajadora, además  de  ser  una “clase-en-sí” (un hecho objetivo debido a la explotación común inhe- rente que es resultado de la TVT), se convierte en una  “clase-para-sí” (Marx, 1976). Con  esto, Marx se refiere  a una  clase con  conciencia subjetiva de su posición  social de clase; es decir,  una  clase con “con- ciencia de clase”, incluida en ello la conciencia de su explotación y la superación de la “falsa conciencia”.

Marx sostuvo que  sólo si la clase trabajadora se convierte en una “clase-para-sí” tiene  la posibilidad de tomar  el control de los medios de producción, la economía y el poder político.  La toma de la econo- mía constituiría una  revolución socialista (Hill y Cole, 2001, p. 147). Ésta, desde  luego,  no es una  alternativa sencilla, pero  es la clase tra- bajadora la que  tiene  mayores  posibilidades de encabezar una  revo- lución  semejante.

Como bien  señala Michael Slott (2002):

 

Los marxistas  han  entendido perfectamente que hay muchos  obstáculos  pa- ra que la clase trabajadora se convierta  en un agente universal del socialismo. Al mismo  tiempo, han  sostenido que,  debido a los intereses particulares, el poder colectivo y las capacidades creativas que son generadas por la posición estructural de los trabajadores dentro de la sociedad,  es más probable que sea la clase trabajadora el núcleo de  cualquier movimiento de  transforma- ción social (p. 419).

 

Para Marx, el socialismo (etapa anterior al comunismo, estado  de existencia  en  que  el estado  habrá  de marchitarse y todos  viviremos comunalmente) era  un  sistema  mundial en  que  “tendremos una asociación  donde el desarrollo libre  de cada uno  sea la condición del desarrollo libre  de todos” (Mar x y Engels, 1977, p. 53).

Una  sociedad  semejante sería democrática (como tal, debe  dis- tinguirse el socialismo  a la manera de  Mar x de  los regímenes no democráticos del bloque soviético) y sin clases, estando los medios de producción en manos  de muchos  y no de pocos. Los bienes y ser- vicios sería producidos de acuerdo con la necesidad, y no por mero afán de ganancia.8

 

 

 

 

LA OBRA DE PETER MCLAREN

 

 

¿Qué tiene  que  ver Peter  McLaren  con  el análisis anterior? En un trabajo  que  escribiera tiempo atrás  con  David Hill,  regañamos a Peter  McLaren  por su defensa  del posmodernismo como  una  fuer- za progresista; en particular, por su idea de que el posmodernismo de “resistencia  crítico”  constituye  una  apropiación efectiva por  parte

 

 

 

 

8 Resulta irónico que los países del antiguo bloque soviético hayan sido falsamen- te denominados “comunistas”  por  Occidente. En realidad (más allá de que  muchos de ellos tuvieran  ciertas  características positivas: empleo pleno, vivienda para  todos, servicios públicos  y sociales gratuitos y demás), eran  dictaduras antidemocráticas don- de una  élite disfrutaba de privilegios especiales  y la mayor parte  de la población tra- bajaba  como  esclava. En todo  caso, estas sociedades de Europa del Este eran  estados socialistas deformados, alejados de la concepción marxista  de una futura  “fase más al- ta de la sociedad  comunista” (que habría de llegar  luego  de la fase temporal del so- cialismo). En la sociedad  comunista, “cuando el trabajo  ya no sea meramente un me- dio de vida sino la primera necesidad vital”. “Todas las fuentes  de riqueza  cooperativa fluyen de manera más abundante…[y el principio guía es] de cada cual según  su ca- pacidad, a cada cual, según sus necesidades” (Marx, Crítica del Programa de Gotha, 1875; citado  en  Bottomore y Rubel,  1978, p. 263). En un  mundo comunista, se realiza  la “bondad original”  de la humanidad, y “el interés  privado  de cada uno” coincide “con el interés  general de la humanidad” (Marx, La sagrada familia, 1854; citado  en Botto- more  y Rubel, 1978, p. 249). De los diez países que he podido visitar que dicen  ser so- cialistas, para  mí Cuba es el más cercano a lo que  yo entiendo por  el espíritu del so- cialismo. Creo que los socialistas pueden aprender mucho de sus experiencias.

 

de la izquierda del “posmodernismo lúdico” (McLaren, 1994, p. 199).9

Nuestro trabajo  se publicó  en junio, y tres meses después,  Peter (ami- go y camarada cercano) y yo nos encontramos y pasamos  una noche juntos en Halle, Alemania del Este, donde el desempleo marcó un ré- cord  debido al cierre  de una  planta  química  y donde, dicho  sea de paso, prácticamente nadie  de las personas con quien  hablamos que- ría el regreso  de la vieja RDA.10 En aquella  oportunidad, Peter treató de convencerme de que su intento era el de incorporar ciertas ideas del postestructuralismo en sus creencias marxistas. Yo sostuve, por el contrario, que al adoptar el posmodernismo, Peter,  al igual que La- ther,  estaba abandonando el terreno del marxismo. Poco después  de nuestro  encuentro, del  que  Peter  publicó  un  resumen  (McLaren,

 

9 El argumento de Peter  no es nuevo,  ya sea dentro de la teoría  educativa  o fuera de ella. La idea del “posmodernismo lúdico” se basa, por  ejemplo, en los escritos de Baudrillard (1984), donde en  “total  desesperanza” (citado en  Gane  [ed.], 1993, p.

95), sobrevivimos juguetonamente entre los vestigios de la vida (p. 95). El “posmoder- nismo de resistencia”,  por otra parte,  tendría un enfoque teórico  fundamentalmente distinto  del posmodernismo lúdico,  y representaría un  desafío  al statu quo. En pala- bras de Atkinson (2002), es “una especie de shock” (p. 78) para el establishment, en tan- to desnuda los subtextos  y los silencios textuales  (p. 80). (El surrealismo y otras for- mas  artísticas  desempeñaron  y continúan desempeñando  funciones similares,  tal como hacen, por ejemplo, ciertos cómicos alternativos). No obstante, por más subver- sivas que estas formas artísticas puedan ser, no ofrecen ningún rumbo para el cambio. Mi posición  y la de Hill fue (y es) que los “dos posmodernismos”, sin importar el po- tencial  progresista y radical  que pueda tener el “posmodernismo de resistencia”,  son en realidad uno, y que el posmodernismo es en esencia reaccionario. Sostenemos que la naturaleza esencialmente reaccionaria del posmodernismo está directamente rela- cionada con  su negación de la posibilidad del metarrelato, lo que  obstaculiza  cual- quier  agenda para  el cambio  social (Cole y Hill, 1995; véanse  también Cole  y Hill,

1999a, 1999b, 2002; y Cole, 2003, 2004a). Recientemente, Atkinson  (2003) ha inten- tado vincular el “posmodernismo lúdico” al “de resistencia”.  Según ella, el posmoder- nismo puede actuar  como una forma de resistencia oponiendo su “danza lúdica… ju- guetona… irónica…  incansable, formadora… contra lo  absurdo”  (p. 5). Atkinson concluye pidiendo una combinación de la diversión  y la resistencia:  “Quiero  algo más que un carnaval… una vez al año. Quiero escuchar las voces del margen, plantear las preguntas que  surgen  de la incertidumbre, la hibridación y la multiplicidad. Quiero hablar lo atroz  y tener pensamientos horribles. Quiero hacer  preguntas que  creen problemas” (2003, p. 12). (Para una crítica, véase Cole, 2004a.)

10 Como  ya he señalado antes,  me gustaría  disociarme completamente del “socia-

lismo de estado” o estalinismo antidemocrático y dictatorial en sus múltiples  disfraces como fue practicado allá. La concepción del marxismo que propongo en este capítu- lo está a considerable distancia  de muchas  de las prácticas  que fueron ejercidas  en el nombre de Marx. Creo en un socialismo democrático donde la modernidad cumpla su promesa de igualdad y libertad o égaliberté, según la describe  Balibar (citado en Ca- llinicos, 2000, p. 22).

 

1997, pp. 100-101), McLaren  dio por  terminado su romance con el posmodernismo y volvió a asumir  un renovado compromiso con la teoría  y la práctica  marxista  (si bien  imbuido de cierto  respeto resi- dual por  algunos  aspectos  del posmodernismo).

En qué medida esta decisión  pueda haberse visto influenciada por nuestra noche en Halle  es menos  importante que  la decisiva contri- bución que Peter  (por ejemplo, McLaren,  2000) y sus coautores (so- bre  todo  Ramin  Farahmandpur; véase  McLaren  y Farahmandpur,

2002a, 2002b) están haciendo a la revitalización del marxismo.11

En El Che Guevara, Paulo Freire y la pedagogía de la revolución (2000), McLaren  retornó decisivamente al terreno del materialismo históri- co y el socialismo democrático (opuesto al estalinismo). En este libro hay críticas  mordaces contra el capitalismo global  (en las que,  para ser justo, se involucra  también su fase posmoderna), junto  a un com- promiso con el socialismo futuro e incisivas críticas contra el posmo- dernismo. Así, siguiendo al Che, McLaren  habla  de su “indignación

 

 

11 Acerca de nuestra estadía  en Halle, Peter  ha escrito:

 

“El tiempo que pasé contigo  fue un paso significativo en el retorno de mi trabajo  a la senda  de Marx. No cabe la menor duda  de que…  escucharte hablar en Halle,  pasar tiempo contigo, experimentar Alemania  del Este contigo, realmente me sacudió,… fue un momento decisivo, tal vez el momento decisivo; desde ya, el paso siguiente fue la relectura de las críticas que tú, Dave [Hill] y Glenn  [Rikowski] han  hecho a mi tra- bajo… y también la correspondencia que  hemos  sostenido por  correo electrónico… y comencé a reeducarme gracias a la ayuda de camaradas como tú, leyendo  el Capital y otra media  docena de libros de Marx, Marx y Engels, y también Hegel  (vía la tradi- ción  marxista  humanista de News and Letters/Dunayevskaya), ajustándome a un  pro- grama  de estudio  y diálogo  con otros  marxistas,  trabajando con Ramin  [Farahmand- pur] y otros  estudiantes marxistas…  y comencé a leer  a los abiertamente marxistas gracias a Glenn,  prestando atención al trabajo  de Glenn  sobre  la teoría  del valor del trabajo…  y leyendo  los más importantes diarios marxistas como el Science and Society y por fin al conocer a Peter Hudis, de News and Letters, y pasar tiempo con él en Los Án- geles y aprender muchísimo” (correspondencia personal, 2002).

 

El romance de McLaren  con el posmodernismo todavía resuena. Así, en una  edi- ción reciente del muy influyente British Journal of Sociology of Education, Michael  Slott organiza  una crítica del posmodernismo crítico, citando la obra de Peter, junto a la de Henr y Giroux  y Stanley  Aronowitz,  como  ejemplos  del  género. Para  ser justos con Slott,  cabe  decir  que  en  una  nota  al final  habla  del  “retorno a Marx” de  McLaren (Slott, 2002, p. 424, n. 2). Sin embargo, esta nota  de ningún modo  da cuenta del im- pacto de la obra de McLaren  durante el último  decenio en la tarea de hacer  visible el marxismo en los debates  pedagógicos estadunidenses. En la actualidad, McLaren  es uno  de los marxistas  activos más visibles de los Estados Unidos.

 

 

por la despreocupación y la indiferencia con las que el capital destru- ye vidas humanas —desproporcionadamente por  lo que  se refiere  a los trabajadores del  mundo y a las poblaciones de  piel  oscura—,  y aparta  a los ricos de la compasión y la obligación de rendir cuentas” (2000, p. 42 [61]) y de la necesidad de derrocar al capitalismo, en tanto  sólo el socialismo puede transformar el corazón humano.

McLaren  sostiene  que  no cabe rechazar “la totalidad de la teoría posmoderna” (2000, p. xxiv [xxxi]), que “en algunos  casos… puede ser más productiva para el entendimiento de ciertos aspectos de la vi- da social de lo que  admiten las actuales  teorías  marxistas”  (p. xxv). No obstante, fustiga a “esos malévolos a la moda de la sala de semina- rios, [para quienes] el posmodernismo constituye  la tóxica  intensi- dad  de las noches  bohemias, en las que  los proscritos, los pobres  y los desdichados de la Tierra  simplemente forman parte  de su ma- nera  de divertirse”  (ibid.). Su feroz repulsión por  el desprecio pos- moderno del socialismo es feroz: “[lo han  injuriado] como un inde- seable intruso del pasado;  lo mismo  que  un intruso sin hogar,  sucio y lleno de polvo, que se te aproxima en el camino  al lugar donde sue- les tomar  tu capuchino, exigiendo que le pongas  atención a su rostro sin afeitar  y a sus ojos llorosos” (p. 191 [249]).

Sin embargo, Peter  aguarda el futuro con  optimismo. Percibe  el surgimiento de  una  nueva  conciencia social,  anunciado del  modo más  dramático por  las recientes protestas contra  la  Organización Mundial  del Comercio en Seattle, Québec y Genoa.  Como  él mismo señala:

 

No quiero decir  con esto que no sea posible  encontrar a los jóvenes de hoy armando jaleo, felices, frente a un  adormecedor programa de juegos en la televisión, pero  estoy más convencido que nunca de que las contradicciones dialécticas  y las relaciones internas del capitalismo se están  volviendo  para ellos más flagrantes y menos  aceptables como una fatalidad  histórica. Saben que el capitalismo no admite  oposición alguna contra sus demandas imperia- listas (McLaren, 2003, p. 14).

 

La reciente vuelta de Peter  al marxismo y su abandono casi total del posmodernismo no han  pasado  inadvertidos por  los principales posmodernistas. De hecho, el ataque de Patti Lather contra el mar- xismo (convencional) (Lather, 2001) antes  criticado está dirigido a Peter  McLaren  (específicamente, contra un artículo suyo publicado en Educational Theor y [McLaren, 1998]). La suya es “la voz masculinista de la abstracción, la universalización y la posición  retórica ‘del que sabe’, esa que  Ellsworth llama ‘Aquel que  tiene  la Historia  correcta’” (2001, p. 184). El suyo es el “discurso de dominación, transparencia, racionalismo y el reposicionamiento del marxismo económico como el ‘discurso maestro de la izquierda’”  (p. 187).

Según Lather, el llamado  de McLaren  a una  pedagogía revolucio- naria  viene a ser lo mismo  que  “una cosa de chicos” (2001, p. 184), “demasiado fuerte,  demasiado erecta,  demasiado rígida”  (1998, p.

490), en  comparación a  la  “cosa  de  chicas”  que  favorece  Lather

(2001, p. 184). Esa “cosa de chicas” no es otra que la deconstrucción.

Para  facilitar  el pensamiento dentro de  “la prueba de  la indeter- minabilidad”, los posmodernistas se comprometen a un interminable y relativamente ahistórico proceso  de deconstrucción, llamado  a de- safiar

 

Al educador, el investigador, el activista social y el político  no sólo a decons- truir  las certezas  en  torno de  las cuales  pudieran sostener la necesidad de cambio,  sino también a deconstruir sus propias  certezas respecto de por qué sostienen esta idea (Atkinson, 2002, p. 7).

 

Esto puede sonar bien, pero qué hacen a fin de cuentas  estas sub- jetividades por producir el cambio  social una vez que todas sus con- cepciones se han  visto desafiadas.  ¿Qué  se construye  después  del proceso  de  deconstrucción? A diferencia de  McLaren,  que  es muy claro en cuanto a la necesidad de construir un socialismo democráti- co, los posmodernistas no  ofrecen respuesta alguna.  Esto se debe  a que  no pueden hacerlo (Hill, 2001a; Rikowski, 2002, pp. 20-25). La deconstrucción “busca hacer  justicia a todas  las posiciones… dán- dole  a cada  una  de  ellas la oportunidad de  justificarse,  de  hablar originariamente de sí mismas y de ser elegidas antes que impuestas” (Zavarzadeh, 2002, p. 8). De hecho, para Derrida (1990, p. 945), “la deconstrucción es la justicia” (cursivas mías). Por ende,  una  vez em- prendido el proceso  de deconstrucción, la justicia se hace  patente, y no queda  ninguna dirección discernible hacia la cual dirigirse.  Al declarar en la primera página  del prefacio  a su libro  Getting Smart: Feminist Research & Pedagogy With/In the Posmodern su “interés  de lar- ga data por el modo  en que podamos pasar del pensamiento crítico a la acción  emancipatoria” (1991, p. xv), Lather no  hace  de hecho más que perder el tiempo. Luego  de doscientas páginas  de texto  en las que se hace indicaciones acerca de la necesidad de una praxis de investigación emancipatoria, en las que se proclama que los objetivos de la investigación debieran apuntar a entender la deficiente distri- bución de poder y recursos  en la sociedad,  con la vista puesta  en el cambio  social, nos deja preguntándonos de qué modo  podría llegar a realizarse  semejante cosa.

La deconstrucción sin reconstrucción tipifica el conocido divorcio entre la academia y la realidad del campo  de lucha.  El posmodernis- mo no puede ofrecer  ningún tipo de estrategia para  alcanzar  un or- den social distinto  y por ende,  al apoyar la explotación capitalista,  re- sulta   esencialmente  reaccionario.  Esto  es  precisamente  lo  que quieren decir  los marxistas  (y otros) cuando afirman que  el posmo- dernismo sirve para quitar  más poder aún al oprimido y mantener el capitalismo global.12

En su intento por defender que “la deconstrucción posmoderna… no es lo mismo que la destrucción” (2001, p. 77), Atkinson  cita a Ju- dith Butler, quien  sostiene que “deconstruir no es negar  ni descartar, sino poner en cuestión y, tal vez más importe aún, abrir un término… a un uso o empleo nuevo,  previamente no autorizado” (1992, p. 15; citado  en Atkinson,  2000, p. 77).

Esto es exactamente lo que hace  el marxismo. La gran  diferencia es que  los conceptos marxistas  —como,  por  ejemplo, el fetichismo inherente a las sociedades capitalistas,  por  medio  del cual las rela- ciones  entre cosas o mercancías asumen una  cualidad mística  que esconde las verdaderas relaciones (de explotación) entre los seres humanos— ofrecen herramientas tanto  para  analizar  la sociedad como  para  entender su naturaleza explotadora y apuntar hacia otra sociedad  que no lo sea. La TVT es un buen  ejemplo de ello.

Los posmodernistas son claramente capaces  de hacer  preguntas, pero  según  ellos mismos reconocen, no de dar respuestas. Como  ha señalado Glenn  Rikowski, esto nos lleva a preguntarnos ¿cuál es en- tonces  la actitud  posmodernista hacia la explicación?

 

Las estrategias  verdaderamente políticas  requieren de explicaciones (qué salió mal, por  qué  fallaron  el análisis, las tácticas,  etc.) para  poder imple-

 

 

12 En un viaje a Sudáfrica  en 1995, se me pidió que presentara una crítica marxis- ta del posmodernismo en un seminario del que participaban algunos de los más influ- yentes posmodernistas sudafricanos. Habiendo pasado  un tiempo considerable en las calles y en los campos de refugiados, les pregunté a ellos qué podían hacer  por sus ha- bitantes, pregunta que fue respondida con un silencio glacial.

 

mentar mejoras.  ¿Tienen los posmodernistas alguna  noción de mejora  (de la sociedad,  de las estrategias  políticas)? Si la tienen, necesitan de algún tipo de explicación. En realidad, no creo  que  les interese ninguna de las dos, y por ende  no pueden tener una  estrategia política  para  el mejoramiento hu- mano  (citado en Cole, 2003, p. 495).

 

A todo  esto, repetiré una  vez más que  el posmodernismo puede resultar liberador para  individuos  o grupos  locales.  Pero  para  ser políticamente válido, un  análisis debe  ligar el “pequeño espacio” a la “gran escena”. Como sostiene  McLaren,  “todos los grupos  oprimi- dos debieran agruparse en un esfuerzo por luchar  en contra de la de- sigualdad  en todas sus odiosas manifestaciones” (2000, p. 202 [264]). No obstante, esto no  basta. Es necesaria, además,  una  visión socia- lista. Cita a Raya Dunayevskaya, quien  sostiene  que  “sin una  filoso- fía de la revolución, el activismo se desperdicia en mero  antiimpe- rialismo  y anticapitalismo, sin llegar  a manifestar para qué  es” (p.

204 [266]). El posmodernismo, una vez más según sus propios parti- darios  admiten, no  es capaz  de  reunir a las personas ni de  ofrecer una  solución  a la opresión que  padecen ni a sus luchas.  Resulta  así antitético de la justicia y el cambio  social (Cole, 2003, 2004a).

En Norteamérica, la obra de McLaren  quizás haya tenido su mayor influencia dentro de la esfera de la pedagogía crítica  (y la educación multicultural).13 Sin embargo, en El Che Guevara, Paulo Freire y la peda- gogía de la revolución (2000), McLaren  parece  romper con  esta tradi- ción.  De hecho, los motivos pedagógicos del retorno de McLaren  al paradigma marxista  quedan  expresadas en  una  pregunta funda- mental:  “¿de qué manera los educadores adoptan un modelo de li- derazgo  que  pueda oponer resistencia a la explotación capitalista global y crear un nuevo orden social?” (p. 91 [129]). Según McLaren, la respuesta a esta pregunta no puede formularse en términos de una crítica  posmoderna pero  tampoco en  los términos de la pedagogía crítica que, al igual que su aliado político,  la educación multicultural, ya ha dejado  de ser una plataforma social y pedagógica adecuada. Só- lo la pedagogía revolucionaria pone  al poder y el conocimiento en curso  de choque con  sus propias  contradicciones internas, y ofrece

 

 

13 La considerable influencia de McLaren  en el desarrollo del multiculturalismo crítico en las Américas tuvo su análogo en el Reino Unido, donde los debates  estuvie- ron  más centrados en la educación multicultural opuesta a la educación antirracista (Cole, 1998b; Short  y Carrington, 1998; Cole, 1998c; Waller et al., 2001, pp. 165-166).

 

 

un destello  provisional  de una  sociedad  nueva liberada de la esclavi- tud  del pasado.  Esto, sostiene  McLaren,  sólo puede buscarse  dentro del pensamiento dialéctico  de intelectuales revolucionarios como  el Che y Freire.  Para ellos, el capitalismo no es natural ni inevitable,  si- no, de hecho, la antítesis de la libertad y de la democracia. Jamás, sos- tiene  McLaren,  han  sido más necesarios el Che y Freire  que  en este momento de la historia.

La pregunta acerca del papel que pueda desempeñar la educación en la transformación de la sociedad  es extremadamente problemáti- ca. De hecho, Lather advierte  que si bien  McLaren:

 

Reconoce el fracaso  de  la izquierda educativa  en  los Estados  Unidos  para producir el cambio  no  sólo en  las relaciones capitalistas  globales  sino tam- bién  en su objetivo más específico,  el de la escolarización, […] termina lue- go pidiendo más de lo mismo,  en términos de “¿se animarán las escuelas  a construir un nuevo orden social?” (Lather, 2001, p. 186).

 

Por un  lado,  los omnipresentes aparatos ideológicos enmascaran la tiranía del capitalismo. Louis Althusser  sostuvo que,  en la presen- te era, de los aparatos ideológicos del estado,  el educativo  constituye el  aparato  ideológico más  importante a  la  hora  de  transmitir la ideología capitalista  (Althusser, 1971). Según  hemos  sostenido an- tes, con  el fin de funcionar efectivamente y proteger sus intereses, el capitalismo necesita  impedir que la clase trabajadora se convierta en una  “clase-para-sí”. Esto se logra mediante un doble  proceso. Por un lado, se fomenta una  concepción del mundo en la que el capita- lismo es considerado natural e inevitable;  por otro,  se nutre la “falsa conciencia”, por  medio  de la cual se desvía la conciencia por  cami- nos inofensivos (por ejemplo, comerciales) (Cole, 2004b). Para el ca- pitalismo  es importante que  el sistema  educativo  no  dificulte  este proceso. De hecho, los requerimientos actuales de la ideología hacen que el sistema educativo  desempeñe un papel  activo tanto  en la difu- sión del consumismo (un beneficio tanto  material como  ideológico para  los capitalistas) como  en la naturalización del capitalismo mis- mo. Esto se expresa  tanto  en la intromisión de los negocios  en las es- cuelas como  en el uso de las escuelas  para  promover los valores co- merciales,  proceso  que se ha visto acelerado en gran medida en Gran Bretaña bajo el Nuevo Laborismo (Allen y otros,  1999; Cole y otros,

2001; Hill, 2001a, 2001b; 2005a; Rikowski, 2001d). Lo cierto  es que muchas   escuelas   y  universidades,   alrededor  del   mundo,  están

 

“maleducando” a las personas (Cole, 2004c; Hill, 2003, 2004a, b, c).

No obstante, los AIE escolares nunca son totales ni ubicuos.  Pero si bien reconozco las limitaciones del poder de las escuelas y maestros, considero que  los maestros  pueden desempeñar un papel  válido en el desafío  de  las desigualdades dominantes y en  el despertar de  la conciencia en la búsqueda de un sistema económico, social y educativo más igualitario. Los maestros  socialistas británicos han logrado resistir y continúan desafiando la “comercialización” de la educación y la educa- ción para la conformidad. Esto adquiere la forma de una resistencia or- ganizada dentro de los sindicatos docentes y grupos tales como la Alian- za de  Maestros  Socialistas (<www.socialist-teacher.freeserve.co.uk>), el grupo  Hillcole  (<www.ieps.org.uk.cwc.net/hillcole.html>) y la Red de Promoción de la Comprehensive Education.* Además de ello, los maes- tros, tanto  individualmente como en grupos,  están creando y abriendo espacios  dentro del Currículum Nacional  y del Currículum Oculto14 destinados a desafiar a la educación para la conformidad (Cole et al.,

1997; Hill y Cole, 1999, 2001; Hill, 2001a, 2004d; Cole, 2004c; Cole (ed.), 2004). Aun así, éstos continúan siendo  bolsones  marginales y relativamente aislados de resistencia. Uno  puede suponer que  es se- mejante el caso de los Estados  Unidos,  y que  el toque  de diana  de McLaren  está destinado a un pequeño grupo  de activistas de izquier- da que,  no obstante, están  dispuestos  a aumentar su influencia de cualquier modo  posible.  Los maestros  socialistas  continuarán lu- chando contra la falsa conciencia del modo  que les parezca apropiado en cada situación  dada. No es aquí el lugar para discutir las distintas es- trategias  para lograrlo, pero  para un análisis extenso  véase Hill en es- te mismo libro, también Cole y otros (2001).15

 

 

 

 

* La “comprehensive education”, una de cuyas traducciones posibles sería “educación en conjunto”, es una particularidad del sistema educativo  británico, y comprende una serie de institutos de segunda enseñanza en que, a diferencia de lo que ocurre en la mayoría de los sistemas de educación tradicional, no se separa a los alumnos según su nivel de aptitud. [T.]

14 Desde 1988, Inglaterra y Gales tienen un Currículum Nacional  prescrito, que se

ha visto modificado por la labor legislativa del Nuevo Laborismo. El Currículum Ocul- to hace referencia a todo  aquello  que ocurre en las instituciones educativas fuera del currículum formal.

15 Respecto  de la resistencia general al capitalismo, McLaren  ha escrito poco tiem-

po atrás acerca  de sus experiencias en la resistencia a la actual  (abril de 2003) inva- sión de Irak:

 

CONCLUSIÓN

 

 

Me gustaría cerrar mi exposición con unos pocos datos recientes y ac- tuales  acerca  del  estado  del  capitalismo globalizado en  los Estados Unidos,  Gran  Bretaña y los “países en vías de desarrollo”. En cuanto a Estados Unidos,  durante los años ochenta, el 10% superiorde las fa- milias aumentó su ingreso  familiar promedio en un 16%, el 5% supe-

 

 

Paseando por Hollywood.

 

“No guardo en secreto que estoy en lucha contra mis impulsos de volver a Canadá, im- pulsos  que  siento  a diario,  aunque adopté la ciudadanía estadunidense varios años atrás. Haré todos los esfuerzos posibles por permanecer en el vientre de la bestia y lle- var adelante mi trabajo  anti-guerra, anti-globalización capitalista en esta tierra,  sin im- portar cuán  repugnante me resulte  vivir aquí  en  el momento presente. Confío  que mis esfuerzos habrán de ser más fructíferos aquí que si me fuera. Una cosa son las con- frontaciones en las marchas  y reuniones contra la guerra:  hay policías y contra-mani- festantes,  pero  la mayoría de nosotros está preparada para ello. Pero algo muy distin- to es la mera  experiencia de caminar por  las calles hacia  la librería, o hacia  el café donde uno espera  encontrarse con amigos. O intentar quitarse la frustración de enci- ma en las máquinas del gimnasio.  Ser confrontado (usualmente) por gente  joven, só- lo por  el hecho de  caminar por  las calles de  Hollywood  y West Hollywood  con  un prendedor con la leyenda  DETENGAN A BUSH en la solapa de mi campera de jean, cier- tamente pone  a prueba mis nervios, pero  también pone  a prueba los límites de mi ca- pacidad de dominar mi ira y mi indignación. En tres semanas,  he estado  cinco veces al borde de los golpes. Afortundamente para este cuerpo de 55 años, la sangre  no lle- gó al río… de haberlo hecho, estas manos podrían verse imposibilitadas de escribir es- te mensaje  en el teclado.  Pocas semanas  atrás, fui sonoramente reprendido por  usar mi camiseta  del Che en un gimnasio  de West Hollywood por un Hulk de puño en al- to, mandíbula prominente, venas exaltadas  y pulmones formidables (debo reconocer que me sorprendió que supiera  quién  había  sido el Che y que reconociera que el Che no era “pro-Estados Unidos). La anécdota terminó con el Hulk retirándose furioso,  y yo dando una improvisada clase anti-guerra en el sauna,  que salió sorprendentemen- te bien. En las últimas dos semanas,  en la cafetería local (a pocos metros  de casa), fui objeto de agresiones a los gritos por parte  de distintas personas que no conocía, y tam- bién  distinguido dos veces con ataques  a voz en cuello  (la última  vez hace  veinte mi- nutos) por el mero  hecho de pasar junto  a algunos  bares locales cerca de la mediano- che con el prendedor de DETENGAN A BUSH  en la solapa de mi poco  notable campera de jean. Ayer un grupo  de hombres musculosos  pidió a mi esposa que abandonara las máquinas de ejercicio  que estaba utilizando y se retirara a otra área del salón porque la oyeron  hablar con una  amiga y criticar  la guerra (en tono  relativamente bajo, po- dría agregar). La beligerancia es asombrosa. Y estamos hablando de una ciudad  (West Hollywood) cuyo consejo se opuso públicamente a la invasión de Iraq. No puedo ima- ginar  lo que están viviendo los demás camaradas en otros lugares  del país.”

 

Peter  McLaren  (correspondencia electrónica privada,  14 de abril, 2003).

 

 

rior lo hizo en un 23% y el 1% superior en un 50 por ciento.  Al mis- mo tiempo, todo  el 80% de abajo  mostró  alguna  pérdida, y el 10% inferior perdió el  15%  de  sus  ingresos  (George, 2000;  citado  en McLaren  y Pinkney-Pastrana, 2001, p. 208). La tasa de pobreza subió del 11.7% en 2001 al 12.1% en 2002, mientras que el número de po- bres aumentó también 1.7 millones  para  llegar a 34.6 millones  (Ins- tituto  Estadunidense de Censos, 2003).

En Gran  Bretaña, los últimos  datos muestran que  el 1% más rico de la población posee el 22% de la riqueza,  mientras que el 50% más rico llega a sumar  el 94% (Social Trends, 2003). Esto significa que  la mitad  más pobre de la población posee  tan sólo el 6% de toda  la ri- queza  (Hill y Cole,  2001, p. 139). En lo que  respecta al ingreso  en Gran  Bretaña, el quinto menos  afortunado de  la población recibe menos  del 10% del ingreso  disponible, mientras que  el quinto más favorecido  se lleva más del 40% (Social Trends, 2002, p. 97). Más de uno  de cada cinco  chicos de Gran  Bretaña no pasa un  sólo día de vacaciones  fuera  del hogar  por  año,  ya que  sus padres  no  pueden afrontar los gastos (p. 87).

En lo concerniente a los “países en vías de desarrollo”, la pobreza en África y América Latina  ha aumentado en los dos últimos  decenios en términos tanto  absolutos  como  relativos. Casi la mitad  de la población mundial vive con  menos  de dos dólares  estadunidenses por  día, y un quinto vive con tan  sólo uno  (Movimiento por  el Desarrollo Mundial,

2001).

La entrega de vastas áreas de tierra  para  la cosecha  de monocul- tivos industriales a las multinacionales a menudo tiene  por  resulta- do la degradación ecológica,  obligando a muchos  a migrar  hacia las grandes ciudades  y vivir en condiciones indignantes y a trabajar dema- siadas horas  en puestos  inestables  (Harman, 2000). Hay aproximada- mente 100 millones  de “chicos de la calle” hambrientos y abusados  en las ciudades  más importantes del mundo; reaparece la esclavitud,  y unos  dos  millones  de  niñas  de  entre cinco  y quince años  se ven arrastradas al mercado de la prostitución globalizada (Mojab, 2000, p. 118). Se estimó que durante 2001 más de 12 millones  de niños me- nores  de cinco  años  murieron de enfermedades directamente rela- cionadas  con  la pobreza (Movimiento para  el Desarrollo Mundial,

2001). Aproximadamente 100 millones  de seres humanos carecen de una vivienda adecuada, y 830 millones  de personas no tienen la “comi- da asegurada”, es decir,  pasan hambre (Mojab, 2001, p. 118). Las esti- maciones indican que,  de  persistir  las tendencias actuales,  en  toda América Latina, salvo en Chile y Colombia, la pobreza continuará cre- ciendo durante el decenio próximo a un ritmo  de dos personas po- bres más por minuto (Heredia; citado en McLaren, 2000, p. 39 [57]).

De hecho, el mundo está polarizándose en economías centrales y periféricas, creciendo en  tal medida la brecha entre ricos y pobres, entre poderosos y desposeídos, que  hoy las 300 corporaciones más grandes del mundo son responsables del 70% de la inversión  extran- jera directa  y del 25% de los activos de capital del mundo (Bagdikan,

1998; citado  en McLaren,  2000, p. xxiv [xxix]), y la suma de los acti- vos de las tres personas más ricas del mundo exceden la suma del PIB de los 48 países más pobres.  Por si fuera  poco,  la suma de los ingre- sos de las 225 personas más ricas del mundo se aproxima al total de los ingresos  anuales  del  47%  más  pobre de  la población mundial (Heintz y Folbre, 2000; citado en McLaren  y Farahmandpur, 2001, p.

345), y tan sólo 8 empresas  registran ganancias mayores que las de la mitad de la población mundial (Movimiento para el Desarrollo Mun- dial, 2001). Como si su intención fuera la de destacar  estas atroces in- justicias globales, y como un indicador también de la cantidad de ca- pital  de  que   disponen  los  estados   capitalistas   de  occidente,  los Estados Unidos  y Gran  Bretaña han  gastado  cientos  de miles de mi- llones de dólares  en la invasión y ocupación de Irak.

Sin importar qué digan los voceros y defensores del capital global, este obsceno estado  de cosas no es inevitable  ni irreversible. Y todo lo que pueden ofrecer  los posmodernos a estos males no es otra  co- sa que soluciones estrictamente locales e incertidumbre, falta de cla- ridad  y supuestos  desmontados, prolijamente encapsulados por  “la prueba de  la indeterminabilidad”. Si bien  esas subjetividades que tanto  les interesa poner en el centro de la escena  son importantes, sólo el marxismo ofrece  una visión alternativa de futuro. Esta visión puede extenderse —y lo ha hecho— más allá de la “hermandad del hombre” de los socialistas tempranos, hasta incluir  todas las distintas y complejas  subjetividades. El socialismo puede y debe concebirse co- mo un  proyecto  donde identidades subjetivas tales como  el género, la “raza”, las capacidades físicas, las preferencias sexuales  y la edad tengan todas alta importancia en la lucha  por una  igualdad genuina (Cole y Hill, 1999a, p. 42).16

 

16 La clase, no obstante, sigue siendo  central. Esto queda  claramente demostrado en la actual ocupación de Irak. Si bien  el conflicto  puede tener distintas  connotacio- nes raciales y de género, y si bien esta ocupación es parte  del proyecto  de hegemonía

 

Dadas las enormes ganancias que los capitalistas acopian gracias al proceso  de acumulación global del capital, todos aquellos  movimien- tos que  sean considerados rebeldes o incluso  resistentes al capitalis- mo habrán de enfrentar la brutalidad del estado, como atestiguan las reacciones a las recientes protestas anticapitalistas (véase  Rikowski,

2001d). Resulta entonces necesario, le guste o no a los posmodernis- tas, que hombres y mujeres  permanezcan “fuertes,  erectos  y rígidos” (Lather, 1998, p. 490; Lather, 2001, p. 187) antes  que  “no tan  segu- ros” (Lather, 2001, p. 187) en su resistencia contra el capitalismo glo- bal. De todos  modos,  no es su capacidad o no de estar a la altura  de las circunstancias el motivo de que los movimientos de masas por  el cambio social no puedan triunfar. Como señala Callinicos, sin impor- tar la inevitable  e intensa resistencia del capital,  “el obstáculo mayor para el cambio  no es… la revuelta  que pueda provocar  en los privile- giados,  sino la creencia de que  semejante cosa es imposible”  (2000, p. 128).

Desafiar este clima requiere de coraje, imaginación y fuerza de vo- luntad inspirados por  la injusticia  que  nos rodea.  Bajo la superficie de nuestras sociedades supuestamente contentas, estas cualidades se encuentran en abundancia, y una vez movilizadas, pueden dar vuelta el mundo (Callinicos, 2000, p. 129).

Haciéndome eco de la afirmación de Meiksins Wood (antes cita- da) de que un capitalismo humano, “social”, verdaderamente demo- crático  y equitativo  es una  utopía más irreal  que  la del  socialismo (1995, p. 293), diré que sólo el socialismo puede ofrecernos un futu- ro justo e igualitario.17

 

imperialista estadunidense (Cole, 2004c), se trata en última instancia  de un problema de clase y capitalismo:  la privatización de los servicios públicos  en Irak, la propiedad y el control del petróleo; en síntesis, aumentar las ganancias globales del capital a ex- pensas de la clase trabajadora, exprimir más y más plusvalía del trabajo  de los obreros. (Véase la discusión  sobre la TVT.)

17 Alex Callinicos ha escrito acerca de la necesidad de revivir “la imaginación utópica;

es decir, nuestra capacidad de anticipar, o delinear al menos,  una forma de coordinación económica eficiente, democrática y no centrada en el mercado” (2000, p. 133), “prestan- do seriamente atención a los modelos  de planificación democrática socialista…, un siste- ma mucho más descentralizado de planeamiento en que la información y las decisiones fluyan horizontalmente entre los distintos  grupos  de productores y consumidores antes que  verticalmente del centro hacia  las unidades productivas”  (p. 123). En la “imagina- ción utópica”  de Callinicos resuena la “imaginación revolucionaria” de Paulo Freire:

Ésta es la posibilidad de ir más allá del mañana sin necesidad de ser ingenuamen- te idealistas.  Es el utopismo como  una  relación dialéctica  entre la denuncia del pre sente  y el anuncio del futuro. Anticipar  el mañana con los sueños de hoy. La pregun- ta es… ¿se puede soñar  o no? Si resulta  cada vez menos  posible,  la pregunta que de- bemos hacernos es cómo hacerlo posible  (Freire y Shor, 1987, p. 187).

En comparación, la idea de que la democracia liberal pueda continuar defendién- donos  de los peores  excesos del capitalismo y permitiéndonos existir como seres civi- lizados más allá de la profundización y expansión de las contradicciones internas del capitalismo resulta  “una utopía  completamente ridícula”  (Allman,  2001, p. 13).

 

Si  bien   puede subvertir   creencias  establecidas por  su  propia esencia,  el posmodernismo no es capaz de ofrecer  una alternativa a la barbarie del capitalismo. Es por  tal motivo que la readopción de la teoría  y la práctica  marxista  por  parte  de  McLaren  es más que bienvenida.

 

 

 

 

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